Hasta la extensión de la industrialización
y la era tecnológica, las actividades humanas estaban en
equilibrio con la naturaleza. En el caserío, este equilibrio
se originaba en la adecuada relación entre la superficie
de las tierras, el tamaño de la familia, su ganado, y los
alimentos que producía. De hecho, en el caserío se
producía prácticamente todo lo que la familia y los
animales necesitaban, y a la vez, se reciclaban todos los desechos
que se generaban. Es decir, la vida del caserío era lo que
ahora llamamos sostenible.
A lo largo del siglo XX, el establecimiento de una economía
global, y la aparición de nuevas tendencias en la sociedad,
crearon necesidades de consumo que antes no existían. El
caserío tuvo que adaptarse al nuevo modelo de sociedad, para
mejorar las condiciones de vida. Crecieron las presiones para aumentar
la producción y para avanzar en la |

especialización, que obligaban arealizar importantes inversiones,
y para rentabilizarlas no quedaba más remedio que continuar
mejorando la productividad. Crecieron también las presiones
sobre los recursos del caserío: las personas, que pasaron a
trabajar en el entorno urbano; y las tierras, muy codiciadas por la
industria y el desarrollo urbano. Esta espiral trajo consigo el fin
de muchos caseríos. |

Estos cambios han generado una mayor dependencia del caserío
en relación con las materias primas que compra, y los productos
que vende. Además, el cambio de los sistemas de producción
ha provocado la aparición de desechos y contaminación,
debido al uso de fertilizantes y pesticidas, y a la pérdida
del equilibrio entre la cantidad de ganado de la explotación,
y la superficie de sus tierras. También |
se han dejado de lado algunas labores no rentables,
como el cuidado de los setos, los senderos, etc.
En la actualidad, la sociedad ha tomado conciencia de la necesidad
de recuperar el equilibrio entre
el caserío y la naturaleza. Este camino pasa por la obtención
de productos sanos y de calidad, la conservación de los recursos
del caserío, la diversificación de actividades, y
la conservación del patrimonio, labores todas ellas que suponen
un mayor costo para el agricultor. Sabiendo que el consumidor se
guía por el precio al elegir los productos, deben buscarse
medidas adicionales para compensar este incremento del costo que
tiene el agricultor. Para ello existen diversas ayudas,
como las ayudas agroambientales y las ayudas a las explotaciones
agrarias.
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