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La agricultura y la ganadería tradicionales han
creado y mantenido una gran riqueza natural en el paisaje del caserío.
Sin embargo, han ido desapareciendo los setos,
las alineaciones de árboles,
los muretes y los árboles
aislados en los límites de las parcelas y en los bordes
de los caminos, argumentando que entorpecen la mecanización
de los trabajos, o que son foco de suciedad y plagas. Otras veces
han desaparecido debido al uso de productos químicos para aumentar
la producción agrícola. Estos elementos, además
de aumentar la biodiversidad, favorecen al agricultor, pues ofrecen
resguardo del viento y del sol, mejoran la polinización y protegen
frente a las plagas. Por ello, se recomienda conservarlos y favorecer
su recuperación dejando una franja al borde de las parcelas
sin cultivar. En el caso de los muretes, se reconstruirán utilizando
las piedras originales, y manteniendo su aspecto tradicional. La vegetación
natural del borde de los ríos y arroyos también cumple
una función en la regulación de las aguas, la defensa
frente a inundaciones y la erosión, y es capaz de absorber
gran parte de la contaminación orgánica, por lo que
se recomienda respetarla.
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